SEGUNDA SELECCIÓN BORGOÑA/CINE: CHASSAGNE MONTRACHET/ESPLENDOR EN LA HIERBA
Natalie Wood siempre hace que me acuerde del padre Avelino, un sacerdote apasionado, bajito y con mala leche que daba clases de religión en mi colegio y que nos tenía a todos acojonados. No era de extrañar que el día que nos tocaba confesión hubiera tortas para evitarlo:
- “¿Tú te tocas, hijo mío?”
- ”Uumm… pues sí, padre”
- “¿¿Cómooo??, ¿acaso no sabes, insensato, que quien se toca ofende a Dios….?”
The Great Race (Henry Mancini)
Como es natural, no entendíamos nada de lo que nos decía ese hombre (y cuando tuve yo edad para entenderlo ya había abandonado el sendero de los confesionarios) pero todavía hoy recuerdo alguna de sus sentencias: “¡Hijos míos!, nunca olvidéis que si un hombre siente deseo por una mujer, es porque el pecado ya se ha instalado en su corazón”, o esta otra, más poética: “El hombre es fuego, la mujer estopa, viene el diablo y sopla.” Como a esas edades estábamos todos más pendientes de los partidos de fútbol y de las carreras de chapas que de las mujeres y de las estopas, no le hacíamos demasiado caso, aunque a mí sí que me afectaron un poco esas cosas que nos contaba, ya que coincidieron en el tiempo con la primera vez que me sentía atraído en mi corta vida hacia las lujuriosas formas de una mujer. Aquello ocurrió exactamente cuando vi a Natalie Wood ajustándose las cintas de un corsé de color rosa en una película de Blake Edwards llamada “La carrera del siglo”.
Natalie Wood ya había interpretado antes muchas películas, pero como rara vez he podido seguir la obra de un cineasta por orden cronológico, fue aquí la primera vez que la vi en la pantalla. Estaba acompañada por Tony Curtis y Jack Lemmon, juntos otra vez después de “Con faldas y a lo loco”, el primero realizando hazañas imposibles y mostrando unos dientes relucientes mientras descorchaba botellas de champán a troche y moche y seducía a todas las mujeres que se cruzaban en su camino; y el segundo en su doble papel de malvado profesor Fate, envidioso de las proezas del Gran Leslie, y de príncipe heredero al trono de Carpantia, un hombre bastante tonto y muy aficionado al vino. No hay duda de que sólo por el placer de volver a encontrarse con esta pareja de cómicos ya merecería la pena acudir a ver la película, pero, para mí, al igual que ocurría con Marilyn y su ukelele, son las apariciones de Natalie Wood las que llenan la pantalla. O sea, que la película mejora con su presencia. Es posible que se puedan criticar algunas cosas. Quizás resulte demasiado larga y pueda parecer, en su inicio, que al igual que ocurre en muchas de las películas de la saga del inspector Clousseau, la cosa no va a ir más allá de una sucesión de chistes un poco deslavazados, (aunque algunos de los absurdos planes que preparan el profesor Fate y su ayudante Max para liquidar al Gran Leslie son realmente geniales). Pero aquello se eleva pronto. Por ejemplo con la pelea en el saloon del pueblo texano de Borracho, donde un tipo con grandes bigotes llamado Texas Jack monta un alboroto de mucho cuidado; o con la parodia de “El prisionero de Zenda” y esa demencial pelea de tartas que homenajea al cine mudo. Pero sobre todo con ese hermoso final en el que nuestro héroe es capaz de detener su coche en la línea de meta y perder la carrera por amor, justo un momento antes de que el profesor Fate derribe la Torre Eiffel a cañonazos.
Todos estos recuerdos infantiles de pecados y placeres, me han vuelto a brotar en la cabeza porque Carmen y Fernando me han ordenado de forma implacable que me ponga manos a la obra para comentar una nueva selección de vinos. Hoy se trata de maridar con cine los vinos blancos de Chassagne Montrachet, vinos señoriales, sofisticados y maduros que se mueven entre la elegancia y la opulencia. Como me toca a mí escoger el DVD, ya os anticipo que va a ser el de “Esplendor en la hierba”, una excelente película que, como los vinos que la acompañan, es profunda, compleja y llena de vida, y que resulta ideal para ser vista mientras se disfruta de una copa de vino procedente de la reina de las uvas: la Chardonnay. Una uva pequeña y redonda, dorada y brillante, de piel firme y con una increíble capacidad de adaptación. Una uva que es fuerte y sensible a la vez, y que produce vinos equilibrados y elegantes, suaves y enigmáticos. Vinos firmes y ligeros que proporcionan, a quienes los prueban, un indescriptible placer cuyo recuerdo se almacena en el cerebro y que de vez en cuando vuelve a aparecer en el paladar, probablemente en alguna de esas ocasiones en las que nos detenemos, melancólicos, a recordar el tiempo del esplendor en la hierba y de la gloria en las flores. Son vinos suculentos y deliciosos cuyos aromas pueden abarcar notas de frutas verdes, de arbustos, de especias, de flores blancas, de hierbas, de esplendor en la hierba, de piel de mujer, de corsés rosas, de lágrimas de Natalie Wood…
Luego volveremos a comentar algo sobre el vino, sobre la película y sobre la actriz que la protagoniza, pero como no tenemos prisa y sí ganas de hablar de cine, me gustaría primero detenerme un momento en una película llamada “Siete días de mayo”. No por ningún motivo especial, sino sólo porque la acabo de ver en televisión y porque cuando escribo estos comentarios de cine me gusta ir picoteando un poco por aquí y otro poco por allá. Quizás sea porque citar al padre Avelino me ha hecho recordar tiempos pasados y peores, o a lo mejor es porque en esta película aparece Ava Gardner, otra mujer que llevaba prendido de su cabello el aroma del vino (aunque no el de la Borgoña, sino el de una manzanilla amontillada, como la que me sirve Juan Ruiz-Henestrosa cuando me acerco por el Puerto de Santa María a cenar en Aponiente) mezclado con mil excesos de guitarra española y de castañuelas, de bulla en Jerez de la Frontera, de Manolo Caracol cantando por alegrías, de corridas de toros en Ronda, de noches de juerga en el Madrid de los años cincuenta: Corral de la Morería, Chicote, Las Cuevas de Luís Candela…
La película trata de militares y de lealtades, de traiciones y de golpes de estado, y fue dirigida por John Frankenheimer, un director que si bien es responsable de unas cuantas películas grises y, quizás, de algún que otro bodrio, también lo es de algunas de esas películas que dejan ver la mano de uno de los escasos directores que tienen el talento necesario para contar con naturalidad y con brío historias complejas, llenas de aristas, y convertirlas en películas entretenidas cuyas esquinas siempre te apetece doblar. Películas como “El mensajero del miedo”, “Yo vigilo el camino”, interpretada por nuestro adorado Gregory Peck, o “El hombre de Alcatraz”, donde Burt Lancaster y un gorrión protagonizan una de las mejores películas de presos, barrotes y celdas de la historia, lo cual no vayan a creer ustedes que es decir poco, pues el cine carcelario siempre ha dado mucho juego en la pantalla grande. Aquí tienen algunos ejemplos: “Traidor en el infierno”, “Al rojo vivo”, “San Quentin”, “La gran evasión”, “La leyenda del indomable”, “¡Quiero vivir!”, “Fuga de Alcatraz”, … Películas todas ellas que pertenecen al grupo de las que me ponen los dientes largos. Tanto, que creo que un día de estos me voy a poner a rebuscar en mi memoria alguna idea que me permita escribir un comentario que relacione el vino con esas películas cuyos personajes se pasan la vida cumpliendo condena. Por ejemplo “Cadena perpetua”, porque ¿quién ha dicho que ya no se hacen obras maestras en el cine? Es cierto que estamos todos muy acostumbrados a que el cine actual nos dé gato por liebre, pero ello no quita para que de vez en cuando nos podamos encontrar con alguna liebre de largas orejas y carne exquisita, escondida entre tanto minino. “Cadena perpetua” es, sin duda, una de estas liebres. Basta con admirar la escena en la que Tim Robbins conecta el tocadiscos con los altavoces de la prisión para que todos los presos puedan escuchar una canción de “Las bodas de Fígaro”, o cuando Morgan Freeman dice después de salir de la cárcel que se ha pasado cuarenta años pidiendo permiso para ir a mear, y que ahora ya no puede hacerlo si no se lo conceden. También podría ser “La casa de cristal”, película rodada para la televisión en los años setenta, basada en un relato de Truman Capote y que fue dirigida por Tom Gries, un director poco conocido pero interesantísimo, del que no me canso de recomendar sus películas, sobre todo esa maravilla llamada “El más valiente entre mil”, con Moisés, en carne y hueso, poniéndole rostro a Will Penny, un vaquero envejecido que no sabe leer ni escribir.
Podríamos partir de una escena en la que Vic Morrow, líder de los reclusos y precursor del cabrón de Malamadre, le dice a Alan Alda, con los ojos llenos de lujuria y mientras saborea con placer un vaso de vino, que sólo hay dos cosas que él no puede introducir en la prisión: “Una es un elefante. La otra, una mujer”. Pero ese comentario se queda para otro día, así que en vez de preguntarme la razón por la cual podría querer este hombre introducir un elefante en una cárcel, voy a intentar volver de nuevo al tronco de un relato que (aunque todavía no sé de que modo) al final nos va a conducir hasta Natalie Wood y el Chassagne Montrachet.
I feel pretty (West Side Story) (Clarinet Quintet)
Así que decía que acabo de ver por televisión “Siete días de mayo”, película que trata de militares y de lealtades, de traiciones y de golpes de estado, y que fue dirigida por John Frankenheimer. Eran ya las tantas de la noche, pero yo me quedé a verla. Y cuando me fijaba en los hermosos ojos de Ava Gardner, prematuramente envejecidos, mirando con decepción a Kirk Douglas mientras éste recoge de la papelera unas cartas comprometedoras que ella había recibido de su antiguo amante, el general Scott, y le pregunta, dolida, si era ésa la verdadera razón por la que había ido a su casa a seducirla, me puse a pensar que a pesar de ser una película muy buena había algo en ella que no me terminaba de gustar. Quizás se deba a que la película resulta algo ingenua en su resolución, dando lugar a un final un poco forzado. O porque peca de ser excesivamente demagógica, llegando a dar la impresión de que se trata con cierta comprensión, incluso con admiración, a ese autoritario general, maravillosamente interpretado por Burt Lancaster, contrario a los tratados de desarme y dispuesto a derrocar al gobierno por la fuerza. Resumiendo: que se trata con cierta comprensión al fascismo. Y eso a mí no me gusta, porque creo que a ciertas cosas hay que darles el tratamiento que se merecen. El que le da, por ejemplo, Chaplin en “El gran dictador”, o Lubitsch en “To be or not to be”, o Rossellini en “Roma, ciudad abierta”, o Ettore Scola en “Una jornada particular”, o Roman Polanski en “El pianista”, o Costa-Gavras en “El sendero de la traición”, en “La caja de Música”, o en su obra maestra “Desaparecido”, maravillosa película ambientada en aquellos días del mes de septiembre de 1973 en los que tuvo lugar el cruento golpe militar contra Salvador Allende, llevado a cabo por el ejercito de Chile y por el gobierno de los Estados Unidos, que juntos llegaron a convertirse en la pesadilla del pueblo chileno y en la vergüenza del mundo. Grandes películas las que acabo de nombrar. Cine necesario, que diría el poeta. Necesario como el pan de cada día o como el aire que exigimos trece veces por minuto; como la música de Mozart, la poesía de Celaya o como la posibilidad de abrir de cuando en cuando una botella de Chassagne Montrachet.
En “Desaparecido” trabaja Jack Lemmon, mi actor favorito o, por no ser tan tajante, uno de mis actores favoritos, lo cual no es de extrañar si pensamos que es el protagonista de la que yo considero la mejor película de la historia del cine: “El apartamento”, la visión de Wilder del sueño americano reflejada en un guión perfecto, en una película perfecta. La historia de un pobre desgraciado que vive solo en Nueva York sin familiares ni amigos, cuyo modelo, cuya única meta es el triunfo profesional, el ascenso en el trabajo; y que para conseguirlo no duda en prestar la llave de su apartamento a cuatro ejecutivos de su empresa, a cual más sinvergüenza. Pero, un día, nuestro héroe conoce a una chica que trabaja en un ascensor y que se enamora siempre de hombres equivocados que la hacen sufrir, “ojala pudiera enamorarme de alguien como usted”, le dice al señor Baxter. Y, de pronto, el apartamento deja de ser un lugar sombrío y se convierte en un hogar donde se encienden velas para cenar, donde se descorchan botellas de vino y donde una raqueta de tenis sirve para escurrir el agua de unos spaghetti recién cocidos. Se solía decir que Billy Wilder era un cínico, pero yo pocas veces he visto tanta ternura en una pantalla de cine. Cincuenta años después de su entreno, “El apartamento” se mantiene muy bien. Y no duden que dentro de cincuenta años la película se seguirá manteniendo joven, actual y maravillosa, y ustedes y yo que lo veamos.
Sin embargo no fue viendo “El apartamento”, sino “Desaparecido” cuando me di cuenta de lo gran actor que es Lemmon. Hasta entonces me había parecido un tipo muy divertido, con un físico que resultaba adecuado para el papel de amigo simpático y bromista, pero que le incapacitaba para hacer de galán conquistador. Seguramente, a todos nos habrá ocurrido alguna vez que nos hemos quedado sorprendidos al descubrir, en algo o en alguien, cualidades en las que no habíamos caído antes, quizás porque estábamos un poco distraídos y no nos habíamos fijado debidamente. A mi me pasó con una escena de “Desaparecido”, en la que Jack Lemmon acude a un edificio, no recuerdo si era la embajada americana o algún otro edificio oficial, y comprende de pronto que su nuera tiene razón. Que siempre la ha tenido. Que su hijo está muerto, y que son ellos, los mismos que le están intentando dar esperanzas y largas, los que le han matado. En ese momento, parece que los ojos de Lemmon empiezan a perder brillo y se hunden en sus cuencas, su espalda se encorva, se le puede ver envejecer delante de la cámara. Baja por una escalera y, desorientado, sin saber donde está, vuelve a subir torpemente los escalones de otra escalera que le conduce al mismo sitio de donde viene. A partir de entonces nunca más lo he vuelto a ver simplemente como un tipo divertido, sino como un actor prodigioso que ha engrandecido todos los personajes que ha interpretado en su magnífica carrera, sea un padre destrozado por la muerte de su hijo, un oscuro oficinista que presta su llave a los ejecutivos de su empresa, o un malvado profesor que la emprendía a pastelazos con una preciosidad de mujer, la cual intentaba esquivarlos apenas vestida con un corsé de color rosa, mientras llenaba de excitación y de deseo el corazón de un niño, asustado por los sermones del Padre Avelino.
Natalie Wood comenzó muy pronto en el cine y fue una de las pocas actrices que consiguió dar el salto con éxito de estrella infantil a actriz adulta. Interpretó películas buenas, regulares y malas. Fue actriz infantil en “El fantasma y la señora Muir”, esa película de Mankiewicz interpretada por Gene Tierney, una mujer que era tan guapa que consiguió que su retrato le hiciese cambiar el gesto a Dana Andrews, lo cual reconocerán conmigo que fue algo que tuvo bastante mérito. En la adolescencia fue compañera de reparto de James Dean en “Rebelde sin causa”, película que muestra la brecha existente entre los jóvenes americanos y sus padres en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Era todavía muy joven, casi una niña, cuando interpretó a Debbie, la sobrina de Ethan Edwards en “Centauros del desierto”, película inmensa que para mí marca un antes y un después de algo, de cualquier cosa, no sé de qué. Quizás de mi modo de ver el cine o de mi admiración incondicional por la obra eterna de un director gigantesco que se llamaba John Ford y que hacía películas del Oeste. Apareció guapísima dando vida a Gypsy Rose Lee, la reina del vodevil y del striptease, e interpretó, más guapa todavía, el papel de María, Maria, I’ve just kissed a girl named Maria, la joven portorriqueña que vive una trágica historia de amor al enamorarse de uno de los jefes de una banda callejera del Upper West Side de Nueva York en “West Side Story”, donde demostró a todo el mundo (sobre todo a su compañero de reparto Richard Beymer) que se puede ser una gran actriz también mientras se cantan las maravillosas melodías de Leonard Bernstein. Natalie Wood cantaba bien (aunque al igual que ocurrió con Audrey Hepburn en “My Fair Lady” fue doblada para esta película), era una bailarina aceptable y, aunque quizás sea más recordada por sus interpretaciones en películas dramáticas, era una cómica estupenda. Su sonrisa era dulce y maravillosa, pero también era capaz de atravesar el acero con la mirada sólo un segundo después de aparecer como una persona frágil y necesitada de protección. Fue una uva fuerte y sensible a la vez. Fue un vino profundo, complejo y lleno de vida. Fue una mujer muy guapa. Era tan guapa que creo que fue una actriz subestimada por causa de su belleza.
Splendor In The Grass (David Amram)
Para compartir nuestras botellas de Chassagne Montrachet nos podría servir cualquiera de sus películas. Cualquiera de ellas hubiese sido una buena elección. Pero como dije al principio vamos a quedarnos con “Esplendor en la hierba”, película que trata de la adolescencia, de los amores frustrados, del puritanismo, de la represión sexual, de padres horribles que intentan corregir en las vidas de sus hijos los errores que ellos han cometido en el pasado con las suyas propias. Pero sobre todo trata de la nostalgia de lo que hemos perdido, de la añoranza que siempre vamos a sentir por el tiempo de la gloria en las flores que ya nunca volverá. Yo vi esta película cuando tenía, más o menos, la edad de los protagonistas y recuerdo los sentimientos que me provocó entonces esa maravillosa escena final en la que ella, vestida de blanco, se reencuentra con Warren Beatty, con un traje de granjero y rodeado por un niño, una gallina y una mujer que está otra vez embarazada y a la que besa sin ganas para evitar hacerla sufrir. “¿Todavía le quieres?”, le pregunta a Natalie Wood una amiga que está sentada a su lado, en el asiento trasero de un coche que ya comienza a alejarse de su pasado. Ella sonríe pensativa y, mientras tanto, se escuchan los versos de William Wordsworth invitándola a encontrar fuerza en las cosas que ya se han quedado atrás, del mismo modo que podría haberse escuchado la voz de Mario Benedetti diciéndole: “No te rindas, porque existe el vino y el amor. Porque no hay heridas que no cure el tiempo.” Lo que no sé es lo que sentiré al verla otra vez ahora, cuando pertenezco ya a la generación de los padres y tengo una hija con la misma edad de Deanie Loomis. Quizás siga sintiendo irritación por el comportamiento sumiso de Bud Stamper, o se me vuelva a poner un nudo en la garganta cuando Deanie se revuelva furiosa en la bañera al comprobar que, mientras su mundo se desmorona, a su madre lo único que en realidad le importa es que él no le haya tocado ni un solo pelo. También es posible que me vuelva a parecer, como entonces, una película con mucha fuerza que encierra una sucesión de escenas brillantes, llenas de intensidad y emoción, aunque peque de ser algo exagerada, quizás porque también se trata de la enésima justificación de Elia Kazan intentando convencer al mundo de que en ocasiones los hombres se ven obligados a hacer cosas que en realidad no hubiesen querido. Hombres capaces de arruinar su propia vida al abandonar a la chica que aman por debilidad y por miedo a un padre que les repite obsesivamente que todas sus esperanzas están puestas en ellos; o de delatar a sus compañeros de profesión conduciéndoles al paro, a la cárcel y al olvido.
Pero hoy no quiero hablar de Kazan. No toca. Este hombre fue un gran vino que salió picado y no querría empañar con su presencia este comentario dedicado a Natalie Wood, una mujer cuya belleza no puede explicarse con palabras pero que, precisamente por eso, hace que se nos acelere el corazón; una actriz maravillosa cuyo nombre nos sabe a hierba, a esplendor en la hierba, y cuyo rostro, frágil e inocente, soñador y enamorado, queremos volver a contemplar ahora, al lado de la reina de las uvas, esa uva pequeña y redonda, dorada y brillante, fuerte y sensible, que es capaz de producir vinos como estos Chassagne Montrachet que vamos a descorchar ahora mismo. Vinos cuyos aromas a frutas y a flores nos traen recuerdos de una niña raptada por los indios, de una joven portorriqueña en Nueva York, de una mujer vestida con un corsé de color rosa, de las lágrimas desesperadas de Deanie Loomis dentro de una bañera. Recuerdos de Natalie Wood.
Let Me Entertain You (Gypsy)
SELECCIÓN CHASSAGNE MONTRACHET-ESPLENDOR EN LA HIERBA
-Ramonet Chassagne Montrachet Premier Cru Les Chaumées 2007 (Chardonnay) (Borgoña, Francia)
- Ramonet Chassagne Montrachet Premier Cru Les Morgeots 2007 (Chardonnay) (Borgoña, Francia)
- Dvd ‘Esplendor en la hierba’ (Elia Kazan)
Edición limitada a 12 unidades
20 respuestas hasta ahora ↓
1 Fernando Angulo // oct 20, 2010 a las 10:34
La verdad es que se me acaban los adjetivos querido Emiliano, por eso solo me sale sentirme agradecido por tener el privilegio de ser tu amigo y dejarme aprender de cada uno de tus escritos sobre cine y sobre la vida en general.
Magistral.
2 angel // oct 20, 2010 a las 16:15
Grande emiliano, grande… lo único que me “cruje” en esa pequeña joya que es La Carrera del Siglo, es la utilización por parte del Gran Leslie de unas copas tipo bañera para servir el champagne
Eso sí, de Chassage-Montrachet no me cruje nada.
3 Juan Ruiz H. // oct 20, 2010 a las 16:53
Que grande!!
Apasionante el escrito…magistral mejor dicho…
Por cierto gran perfume el que comentas que utilizaba Ava Gardner…
Un abrazo
4 Fernando Angulo // oct 20, 2010 a las 19:16
Me ha llegado ya por tres vías diferentes (Madrid, Sevilla y Ronda),un artículo hablando de los Gin & Tonic que es un plagio desvergonzado del mío. Lo digo por si a alguien le llega, por favor, aclare que se trata de una copia. No obstante voy a difundirlo a través de Facebook, de este blog y hasta donde haya que llegar, ya que me parece indignante que alguien trate de apropiarse de esta manera de mis escritos sin hacer ni una sola referencia:
Artículo Fernando:
“El mundo del Gin Tonic puede llegar a ser un océano de sensaciones, solo se tienen que seguir los pasos con sentido común, ponerle mucho cariño y no saltarse ninguna de las reglas básicas.”
Artículo copia:
“Un buen Gin Tonic puede llegar a ser un océano de sensaciones para el paladar. Sólo se tienen que seguir los pasos con sentido común, ponerle mucho cariño y no saltarse ninguna de las reglas básicas.”
Artículo Fernando:
“La Schweppes es una tónica maquillaje, da la impresión de ser más fresca porque lleva mucho gas carbónico añadido, pero resulta una tónica engañosa ya que mitiga los aromas de las mejores ginebras y esconde los defectos de las ginebras mediocres”.
Artículo copia:
“La Schweppes es una tónica maquillaje, da la impresión de ser más fresca pero lo que resulta es más engañosa ya que mitiga los aromas de las mejores ginebras y esconde los defectos de las ginebras mediocres.”
Artículo Fernando:
“Hielo: Si es de agua desionizada, desmineralizada y descalcificada mucho mejor, pero tampoco hay que volverse loco. Lo fundamental es que el hielo no tenga los clásicos malos olores que se desprenden habitualmente de mucho congeladores, que sea trasparente y sobre todo que esté muy muy frío. Por lo tanto, algunas bolsas de hielo (ojo, no todas son iguales) de las que venden en las gasolineras pueden servir siempre que se mantenga el congelador de casa a la mínima temperatura (unos -25º).
Artículo copia:
“Hielo Si es de agua desionizada, desmineralizada y descalcificada mucho mejor, pero tampoco hay que volverse loco. Lo fundamental es que el hielo no tenga los clásicos malos olores que se desprenden en algunos congeladores, que sea transparente y sobre todo que esté muy muy frío. Por lo tanto, algunas bolsas de hielo (ojo, no todas son iguales) de las que venden en las gasolineras pueden servir siempre que se mantenga en el congelador de casa a la mínima temperatura (unos -25º).
Y así prácticamente todo el artículo.
5 emiliano // oct 20, 2010 a las 20:44
Ángel, yo esas copas tipo bañera, como las que utilizaba el Gran Leslie, las he tenido durante años. Fueron un regalo de bodas de algún invitado indeseable que el diablo confunda y la verdad es que me costó mucho romperlas. Ocupaban la mitad del aparador y las sacaba sólo en Navidad, cuando llegaban los cuñados con las botellas de champán Rondel Oro. Las copas eran estupendas para formar una torre y servir el champán haciendo malabarismos. Ahora ya sólo conservo de mi boda alguna copa tipo flauta que espero romper en las próximas navidades.
6 emiliano // oct 20, 2010 a las 20:46
Juan, no te digo que esa manzanilla amontillada fue un océano de sensaciones porque vendría Fernando a acusarme de plagio, pero lo fue. Ya sabes que en Aponiente me gusta beber lo que a ti se salga de las narices darme (pero si la próxima vez me guardas una copita de esa manzanilla, no me voy a enfadar)
7 Juan Ruiz H. // oct 21, 2010 a las 1:41
No lo dudes Emiliano no lo dudes…un abrazo.
8 Holden // oct 21, 2010 a las 21:04
Emiliano: Si te lo propones, le quitas el puesto a Boyero.
9 emiliano // oct 21, 2010 a las 23:31
Holden, llevábamos mucho tiempo sin hacer una lista
1 Marilyn
2 Audrey
3 Judy
4 Shirley
5 Natalie
6 Jean
7 Ingrid
8 Greta
9 Lauren
10 Grace
¿A ti te gusta Natalie?
Y hablando de Boyero, no conseguí leer su artículo sobre Mourinho, ese que iba a sacar a Alberto de la caverna, ¿nos pones el link?
10 Jesús Melitón // oct 21, 2010 a las 23:52
Algunos textos se convierten, mayormente y en su mismidad, en un océano de sensaciones. Felicidades por sus letras, D. Emiliano.
Y D. Weirdo, pase de tontosdelculo plagiadores. Nunca entenderán nada de lo que fusilan y, en ese camino, la vida les terminará suspendiendo (si no son antes enviados directamente a los infiernos).
11 Fernando Angulo // oct 22, 2010 a las 11:39
Gran lista Emiliano. Yo me voy a basar en recuerdos y en un gusto muy personal que ha quedado marcado por eso a lo que en el toreo se le llama pellizco. O como diría Albertobilbao (recordado en estos últimos tiempos, sobre todo por la muerte del gran Manuel Alexandre): ¡Emoción!
1 Lauren
2 Audrey
3 Marylin
4 Jean
5 Gene
6 Gloria
7 Barbara
8 Shirley
9 Ingrid
10 Ava
12 emiliano // oct 22, 2010 a las 15:28
Fernando, leo tu lista y creo que casi me gusta más que la mía (con la salvedad, naturalmente, de que cualquier lista de actrices que se precie tiene que empezar necesariamente con el nombre de Marilyn)
Muchas gracias, Melitón. Me resulta halagador que este comentario de cine te haya gustado. Ya sabes cuanto aprecio tus opiniones.
Y muy agradecido también a mi amigo el diletante, que sepáis que tiene un blog interesantísimo del que yo no me pierdo ni una coma.
13 Lillo // oct 25, 2010 a las 11:22
Emiliano, acabo de leer tu escrito y me parece francamente extraordinario, destila pasión por el cine. Te doy mi mas cordial enhorabuena.
14 LaIna // oct 25, 2010 a las 11:30
Acabo de recibir por email un artículo sobre GT que me ha recordado mucho al del Don, he comprobado, y rápidamente reenviado el original. Al César lo que es del César, y al que le moleste que se aguante y que no pretenda ir de lo que no es y saber de lo que no sabe.
En mi lectura habitual leo el comentario de Fernando de denuncia… qué casualidad!
Yo de vino doy fe que sé muy poco. Me gustó el otro día un Joseph Drouhin Givry 2008, cobrado a €40 en Le Grand Colbert (clásico bistrot parisino abierto con la cocina abierta hasta la 1 de la madrugada, que llegando tarde de madrid se agradece).
15 Holden // oct 26, 2010 a las 1:01
10 Michelle Pfeiffer & Catherine Deneuve (ex aequo)
9 Grace Kelly
8 Greta Garbo
7 Ingrid Bergman
6 Shirley Maclaine
5 Myrna Loy
4 Marilyn Monroe & Shirley Maclaine (ex aequo también que si no no me caben todas)
4 Katherine Hepburn
3 Faye Dunaway
2 Gene Tierney
1 Audrey Hepburn
16 emiliano // oct 26, 2010 a las 1:42
Holden se te ha olvidado Gloria ex aequo con Jean (tienes tú mucho morro con los ex aequo)
Muchas gracias Lillo. Suerte este año con el Almería.
17 Holden // oct 26, 2010 a las 1:46
¿Graham o Swanson?
18 Holden // oct 26, 2010 a las 1:48
Ah, y salúdame a Buscató cuando le veas en Barcelona.
19 emiliano // oct 26, 2010 a las 1:59
Gloria Lasso ex aequo con Fiorella Faltoyano:
“Nunca sabré por qué siento tu pulso en mis venas…”
20 Holden // oct 26, 2010 a las 2:26
Por cierto, el otro día alguien me dijo que te vio en el Bernabeu dando botes y cantando el “José Mourinho, lololo, lololo”. Con la música del “I love you baby…”, claro.
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