Red River soundtrack (William Stromberg and The Moscow Symphony Orchestra & Chor Tip)
Vamos a interrumpir de nuevo el curso habitual de este rincón del vino para dedicarle unas líneas a Howard Hawks, uno de los grandes directores de ese cine clásico americano que tanto nos gusta. Antes de entrar en materia, recordemos que vamos a hablar de nuevo de una época en la que los directores eran unos simples asalariados bajo contrato y que, salvo excepciones, no se consideraban a sí mismos artistas ni intentaban definir a toda costa un estilo propio que les distinguiera de los demás. Se limitaban a hacer aquello para lo que habían sido contratados: narrar una historia en lenguaje cinematográfico con los medios que los productores ponían a su disposición y con la mayor sencillez posible.
A ese grupo pertenecen los que son, en mi opinión, algunos de los mejores directores de la historia del cine: Preston Sturges, Vincente Minelli, Ernst Lubitsch, Frank Capra, Michael Curtiz, Fritz Lang, Otto Preminger, William Wyler, George Cukor, Leo McCarey, Joseph L. Mankiewicz, Richard Thorpe o Raoul Walsh y por encima de todos, el póker de ases, los cuatro grandes, la cream de la cream: John Ford, Howard Hawks, Alfred Hitchcock y Billy Wilder.
Howard Hawks me gusta por muchas razones que intentaré ir explicando y, además, me parece un ejemplo magnífico de esa idea que apuntábamos antes sobre la falta de consideración artística de estos fabricantes de entretenimiento que eran los directores clásicos de Hollywood, porque si en otros directores resulta evidente un sello propio, en Howard Hawks éste, aunque existe, parece invisible: “Yo no me complico la vida”, decía el propio Hawks, “siempre pongo la cámara a la altura de la mirada de mis actores e intento que el público no se percate de sus movimientos. A fin de cuentas, la primera obligación de un director cinematográfico es no molestar al espectador”. Este modo de rodar parece sencillo pero en realidad resulta muy difícil de ejecutar. Es un estilo invisible que en manos de otro director podría dar lugar a una película plana pero que, realizado por Hawks, ha dado como resultado algunas de las mejores películas de la historia. Por eso, cuando uno se asoma distraídamente al cine de Hawks corre el riesgo de creer que está viendo simplemente una película que no está mal, que resulta adecuada para pasar agradablemente una sobremesa del sábado delante de la televisión, pero sólo tiene que fijarse un poco más para darse cuenta de la maravilla que encierra su cine, porque como leí una vez, sus películas no están rodadas sino que son vistas. Y cuando una historia es vista por la inteligente y aguda mirada de Howard Hawks se convierte casi siempre en una obra maestra.
Se dice también que otra característica de la carrera cinematográfica de Hawks fue su versatilidad y mientras que se relaciona a Ford con el western, a Hitchcock con el suspense y a Wilder con la comedia, Howard Hawks no se especializó en ningún género concreto, sino que se dedicó a realizar obras maestras en cada uno de ellos. En lo referido a Ford, a Hitchcock y a Wilder, este argumento me parece una simplificación (en realidad se trataba de directores que, como el Rey Midas, eran capaces de convertir en oro todo lo que tocaban) pero, en cualquier caso, nosotros lo vamos a utilizar y, apoyándonos en los géneros cinematográficos, vamos a repasar la obra de este director excepcional.
1. Comedia
Sin atender a ningún orden especial, dejemos que vayan saliendo poco a poco algunas de las comedias que rodó Howard Hawks. Por ejemplo “Bola de Fuego” (vedla en versión original, por favor, que la elaboración del diccionario de slang pierde mucho en la versión doblada) donde ese torbellino que es Barbara Stanwyck canta y baila el “Drum Boogie” con uno de los vestidos más increíbles que jamás se han visto en una pantalla de cine, mientras que el gran Gene Krupa hace encaje de bolillos con una batería y con una caja de cerillas. Se dice que “Bola de Fuego”, cuyo guión es obra de ese incurable romántico llamado Billy Wilder (quien siempre intentaba disimular su ternura bajo una capa de cinismo aunque nunca lo consiguió del todo) es una adaptación en clave de comedia de dos historias: Pigmalión y Blancanieves, aunque yo nunca he terminado de ver claro, en la relación que se establece entre Gary Cooper y Barbara Stanwyck, qué papel asume cada uno de ellos, quién es Henry Higgins y quién Eliza Doolitle, quién es Blancanieves y quién el Príncipe Encantador. La película no os la voy a contar, seguro que todos la habéis visto, pero sí os diré que Barbara Stanwyck está, como diría Robert Palmer, simplemente irresistible, sobre todo cuando coge unos cuantos libros de la biblioteca, los posa en el suelo y los utiliza para izarse sobre ellos y poder así besar a ese profesor tan alto y tan tímido, y además guarda una excepcional interpretación de Cooper, dando vida a un hombre ingenuo que se marea con un vaso de leche y que siente ardores en la nuca cuando besa a Sugarpuss O’Shea.
Si Billy Wilder no pudo nunca cumplir su viejo sueño de trabajar con Cary Grant, Hawks sí que se reunió varias veces con el actor inglés para filmar juntos algunas obras maestras de la comedia clásica americana. Películas como “La fiera de mi niña” (sí, sí, aquella en la que se les pierde un leopardo y al que buscan mientras cantan la canción “todo te lo puedo dar menos el amor, baby”), disparatada historia que presenta alguna de las situaciones más absurdas que se han visto jamás en la pantalla y de la que uno queda irremediablemente prendado si es capaz de sustraerse a la tentación de asesinar al personaje interpretado por Katharine Hepburn. “La fiera de mi niña” es una película que resulta ideal para aliviar tristezas y curar depresiones, y está contada con un sentido del ritmo envidiable. Años después fue versionada con acierto en dos magníficas películas: “¿Qué me pasa, doctor?”, de Peter Bogdanovich y “Su juego favorito” del propio Hawks en las que uno desea asesinar a Barbara Streisand y a Paula Prentiss, respectivamente. Recordad el momento en el que ambos se conocen en el campo de golf; o la escena en la que Grant y Hepburn salen juntos (quizás debería decir pegados) de la sala de fiestas con la ropa destrozada: “primero el pie izquierdo, por favor”; o cuando Hepburn presenta a Grant al veterano cazador amigo de la familia: “encantado, señor Hueso”; o cuando buscan el hueso de brontosaurio, interrumpiendo la cena para seguir al perrito que lo ha enterrado. ¡Esto no es una película, es una delicia!
Dos años después de “La fiera de mi niña”, Hawks rodó “Luna Nueva”, ejemplo de película de diálogos ácidos, divertidos, inteligentes e ingeniosos, llenos de doble sentido, en la que las situaciones cómicas se enlazan una tras otra mientras se nos habla de cosas tan importantes como la pena de muerte o la indiferencia que muestran todos ante la suerte del condenado durante las últimas horas de su vida y, además, por el camino y entre carcajadas, se reflexiona sobre el poder de la prensa, la corrupción de los políticos y la batalla de sexos. Esta película es la segunda adaptación (y en mi opinión la mejor) de la extraordinaria obra teatral “The Front Page” y creedme si os digo que gana mucho después de haberse visto al menos tres o cuatro veces. Veamos cuáles más. Ah, sí, “La novia era él”, magnífica comedia en la que se ironiza sobre lo estúpidas que pueden ser las leyes y las personas encargadas de aplicarlas y, como consecuencia de ello, nos cuenta los problemas que se le plantean a un ciudadano francés para viajar a los Estados Unidos después de haberse casado con una militar americana, o “Me siento rejuvenecer”, otra maravilla de la comedia americana en la que acompañan a Grant nada menos que Ginger Rogers, Charles Coburn, Marilyn Monroe y un mono capaz de preparar un brebaje que rejuvenece a quien lo toma y hace troncharse de risa a los espectadores. La película tiene momentos inolvidables (como aquel en el que Marilyn se sube la falda para enseñarle a Cary Grant las medias de su invención, o la vuelta a la infancia de Ginger Rogers, o cuando Cary Grant “recupera” su verdadera edad al volante del coche que se acaba de comprar bajo los efectos de la droga), momentos incluidos dentro de un magnífico guión firmado entre otros por I.A.L. Diamond, futuro colaborador de Wilder, y que son dirigidos de forma extraordinaria por ese genio de la sencillez llamado Howard Hawks.
2. Comedia Musical
Howard Hawks realizó dos películas musicales: en 1948 la versión musical de “Bola de Fuego” llamada “Nace una canción” (es conocida la costumbre de Hawks de copiarse a si mismo: lo volverá a hacer con “Río Bravo” y “El Dorado”) película que no he visto y de la que, por lo tanto, no puedo decir nada (por un lado, no es una película que se exhiba con frecuencia en la televisión y, por otro, tengo que reconocer que la presencia de Danny Kaye en el reparto no ayuda demasiado a despertar mi interés), y en 1953 “Los caballeros las prefieren rubias”, interpretada por el mayor mito erótico de la historia del cine: Marilyn Monroe, actriz extraordinariamente dotada para la comedia cuya carrera, sin embargo, estaba siendo dirigida en esos momentos hacia el melodrama (venía de interpretar “Niebla en el alma” y “Niágara”) cosa que Howard Hawks le reprochó al director de la Twentieth-Century-Fox, Darryl Zanuck, “Darryl, esta chica es irreal, es un personaje de cuento de hadas. Tenemos que hacer con ella una película irreal”. No se sabe si fue debido a esta conversación, pero el caso es que Zanuck encargó a Hawks la dirección de un musical interpretado por Marilyn y, de este modo, nació una película que resultó ser un éxito clamoroso de público (en su primer año recaudó cuatro veces su presupuesto) y que está llena de caras alegres, de buena música, de diálogos divertidos, de coqueteos de Marilyn (creo que coquetea con todos los hombres que aparecen en la película, incluyendo a un anciano y a un niño), de excelentes números musicales, de rubias, de morenas y de Marilyn con un vestido rosa cantándonos que los diamantes son los mejores amigos de una chica. A pesar de que el resultado de su interpretación es (como siempre) esplendido, Marilyn constituyó una prueba constante para la paciencia del equipo (como siempre, también) y se cuenta que cuando le pidieron a Hawks que se diera prisa en acabar la película esté contestó que tenía tres grandes ideas para conseguirlo: acortar el guión, buscar otro director o sustituir a Marilyn. Afortunadamente para nosotros, nadie le hizo caso.
3. Western
Es curioso que el origen de una obra maestra del western como “Río Bravo” se encuentre en la repulsión que a Howard Hawks le produjo la película de Fred Zinnemann, “Solo ante el peligro”, pero así es. Hawks no podía entender como un sheriff cuya misión es proteger a la comunidad (y además cobra por ello) puede pasarse toda la película pidiendo ayuda para enfrentarse a unos forajidos que llegan al pueblo para vengarse de él por haber enviado a su jefe a prisión en el pasado “y, además, ni siquiera fue capaz de convencer a nadie el muy bastardo” añadía irritado el director. Tengo que reconocer que me gusta mucho “Solo ante el peligro” pero entiendo también el punto de vista de Hawks, sobre todo cuando ese punto de vista dio lugar a una película que rezuma gran cine por todas partes y que muestra la visión de su autor sobre lo que debía de ser un auténtico sheriff: un hombre consciente de su obligación que nunca pide ayuda a sus vecinos y que la rechaza cuando se la ofrecen aunque a menudo la necesite y mucho.
“Río Bravo” es sobre todo una historia sobre la amistad. La película tiene un comienzo extraordinario, casi de cine mudo, que se inicia cuando Dean Martin, sucio, borracho y hundido, entra en una cantina y recoge una moneda que le arrojan a una escupidera. John Wayne, el sheriff de la localidad, intenta impedirlo y el incidente termina trágicamente con la muerte de un vaquero y con la detención del asesino, quien resulta ser el hermano del hombre más poderoso de la zona. Poco a poco vamos descubriendo cosas: que Wayne y Martin son antiguos amigos y que Martin se alcoholizó por causa de una mujer que era mala y que le hizo daño. Poco a poco, también, vamos viendo la regeneración del personaje hasta llegar el momento en el que es capaz de devolver un vaso de whisky a la botella sin derramar ni una sola gota. A mí me encantan las escenas en las que Wayne ayuda a Martin a liarse un cigarrillo cuando se da cuenta de que, debido al temblor de sus manos, es incapaz de hacerlo solo. Son amigos, sin duda, porque sólo un buen amigo le ayudaría a liar el tabaco a un borracho tembloroso, y éste, quizás a cambio de este gesto, es capaz de dejar de beber para jugarse la vida por su colega.
La historia era tan buena, tenía tantas posibilidades, que a Hawks no se le ocurrió otra cosa que volver a rodarla, también con John Wayne de protagonista, con el nombre de “El Dorado”, una película que, en mi opinión, no tiene la fuerza de “Río Bravo” pero que merece la pena verse aunque sólo sea por la presencia de un maravilloso Robert Mitchum en el papel que antes había interpretado Dean Martin. No me entendáis mal, a mí me encanta Dean Martin. Y a pesar de que creo que durante mucho tiempo malgastó su talento haciendo el tonto junto a Jerry Lewis, le considero un gran actor (que ha representado como nadie la imagen del galán conquistador, canalla, vividor y simpático que tan bien supo reflejar Billy Wilder en “Bésame, tonto”) y un gran cantante (cuando canta por ejemplo “My rifle, My pony and Me” en “Río Bravo”). Pero es que ahora estamos hablando de uno de los mejores actores de la historia: el protagonista de “Retorno al pasado”, de “La noche del cazador”, de “La hija de Ryan”. Robert Mitchum. Palabras mayores.
Y, sin embargo, no hemos hablado todavía de mi río favorito, un western a la altura de las grandes obras de Ford, una película extraordinaria: “Río Rojo”, película épica que cuenta la llegada de los pioneros al Oeste, la odisea de unos cowboys atravesando mil millas de desierto desde el sur de Texas hasta Missouri o hasta Abilene, ya no me acuerdo, con diez mil cabezas de ganado y la rivalidad creciente que va surgiendo entre un hombre y su hijo adoptivo. Está interpretada por John Wayne y Montgomery Clift y es, sencillamente, maravillosa. Si tenéis oportunidad de verla, fijaos en esa secuencia en la que una nube pasa por delante del sol y dibuja su sombra en una colina mientras los hombres de la caravana entierran a un vaquero que quería regalarle a su mujer unos zapatos rojos y que ha muerto en una estampida. Fijaos también en el rostro de Wayne cuando Clift le abandona (“nunca pensé que este hijo de puta supiese actuar” dijo John Ford cuando vio la película) o cuando le dice “debiste matarme cuando tuviste oportunidad de hacerlo, porque ahora yo te mataré a ti”, o cuando se dirige a matar a su hijo apartando a las vacas y a los pistoleros como quien espanta a las moscas, o la pelea final entre ambos. Para mí, “Río Rojo” es la obra de un genio, una cumbre absoluta del cine.
4. Cine negro
¿Hablábamos de cumbres del cine? Pues aquí tenemos otra: “El sueño eterno”. Historias oscuras, iluminación tenebrosa, calles de pavimento húmedo y resbaladizo, sombras en los rostros, detectives privados que se rascan la oreja, humo de tabaco, mujeres fatales, asesinos, sangre bajo la alfombra, chantajistas, palizas en callejones oscuros, un hombre que llama a las mujeres “encanto”, Bogart, Bacall, Chandler, Faulkner, Hawks. Novela negra. Cine negro. Cine.
Grandes frases:
“Tenga calma. No abofeteo muy bien a estas horas de la noche”
“Su hija me tomó por Santa Claus y quiso sentarse en mis rodillas cuando yo estaba de pie”
“Me tiene sin cuidado que no le gusten mis modales, ni siquiera me gustan a mí: me hacen llorar en las noches de invierno y me importa tanto que se meta conmigo como que se tome la sopa con tenedor”
Grandes diálogos:
Marlowe: Si la necesito, ¿puedo llamarla?
Taxista: Sí.
Marlowe: ¿Día y noche?
Taxista: Por la noche mejor. Por el día trabajo.
Carmen: Es usted guapo.
Marlowe: Y cada minuto que pasa lo soy más.
Carmen: Me gusta usted.
Marlowe: Pues aún no ha visto lo mejor. Tengo una danzarina balinesa tatuada en el pecho.
General Sternwood: ¿Cómo le gusta el coñac?
Marlowe: En un vaso
Hay gente muy preocupada por el hecho de que un crimen quede sin explicar o porque dicen que la película es un auténtico embrollo en el que núcleo de la historia no queda del todo aclarado. Lo primera acusación es cierta: el propio Hawks contaba que, incapaces de saber quién había matado al chófer del General Sternwood, llamaron a Chandler, quien les respondió que él tampoco lo sabía; entonces Hawks se dirigió a sus guionistas y dijo: “olvidémonos del asunto, limitémonos a disfrutar”. Posiblemente la segunda acusación también lo sea, ya que la película está basada en una novela de trama muy complicada cuyo guión cinematográfico tuvo que ser modificado para adaptarse al código de censura que estaba vigente en esos momentos y así poder soslayar la homosexualidad de uno de los protagonistas y la trama de pornografía en la que está envuelta la hija pequeña del general, y, por si eso fuera poco y aprovechando que por allí andaban Bacall y Bogart, se incorporó al guión una historia de amor que en la novela no existía. Todo esto dio lugar a que la película sea complicada de seguir y, por esa razón, algunos hemos necesitado verla varias veces antes de comprender lo que allí ocurre (y eso en el caso de haberlo comprendido, que tampoco estoy muy seguro). Pero no importa. Como dijo Hawks: “limitémonos a disfrutar”.
Y si queremos que la diversión sea completa, nada mejor que preparar una sesión continua con “Tener y no tener”, película que es, a la vez, cine negro, de suspense, de aventuras, y de amor, pero que, como casi todo el cine de Hawks, trata sobre todo de la amistad, de la fidelidad a los amigos, y que nació como consecuencia de una discusión amistosa que tuvo lugar entre Hawks y Hemingway sobre cine y literatura. Parece ser que Hawks le dijo al escritor que sería capaz de hacer una película de éxito con su peor novela, “por ejemplo con Tener y no tener, que es un auténtico bodrio”. Dicho y hecho. Hemingway picó el anzuelo y le vendió los derechos del libro a su amigo, quien realizó con él una de las más grandes películas que se han realizado jamás y que, además, tiene el valor añadido de que supuso la primera aparición en la pantalla grande de una chiquilla de diecinueve años llamada Lauren Bacall, quien en un momento mágico de la película surge de pronto vestida con un traje a cuadros, con hombreras y grandes botones y, apoyada en el quicio de la puerta, ladea la cabeza, eleva la mirada y dice: “alguien tiene fuego”. En ese preciso instante los ojos de Bogart comenzaron a brillar mientras, en un gesto característico suyo, se ajustaba el pantalón y todo el mundo supo que acababa de nacer una estrella.
5. Punto final
No me ha dado tiempo a hablar de Walter Brennan apostando su dentadura en una partida de póker o preguntándole a todo el mundo si le ha picado alguna vez una abeja muerta, pero es tiempo de acabar, que esto me está quedando demasiado largo. Hemos repasado juntos un puñado de películas maravillosas y espero que os hayan entrado ganas de verlas por primera vez o de volverlas a ver de nuevo. En cualquier caso, no olvidéis que detrás de ese rostro de mujer reflejado en una mesa en la que se toca jazz con una caja de cerillas, de esa pareja que busca un hueso de brontosaurio y que pierde un leopardo, de esa rubia maravillosa enamorada de los diamantes, de ese entierro al amanecer a los pies de una colina, detrás de la mano temblorosa de un ayudante de sheriff borracho y de toda la tensión sexual que desprenden Bogart y Bacall, detrás de todo esto, decía, estuvo siempre la mirada de Howard Hawks.
Sé que me he dejado fuera de este repaso géneros y películas muy importantes: cine histórico, como “Tierra de Faraones”; de gángsters, como “Scarface, el terror del hampa”; bélico, como “Sargento York” (su única nominación a los Oscar); de aventuras, como “Sólo los ángeles tienen alas” o “Hatari”. Cualquiera de ellas podría haber servido también de ejemplo para hablar del cine de Howard Hawks y resaltar las virtudes de uno de esos directores que no pretendían apabullar al espectador con trucos de virtuoso, sino sólo contarle una historia y entretenerle.
Una vez dijo Hawks: “Yo tengo diez mandamientos para hacer una película. Los nueve primeros dicen: no aburrir”. Creo que lo consiguió. Creo que a nadie le ha aburrido jamás una película suya.