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Borgoñas para Bogart

Fernando Angulo· Ronda · 23-01-2012 · No hay Comentarios

 I’ll get by as long as I have you  (Coleman Hawkins, 1960)

Recuerdo una conversación donde mi amistad quedó firmada para siempre con nuestro Caporegime Emiliano. Ocurrió a altas horas de la madrugada: cuatro amigos en la distancia charlábamos sobre cine y gastronomía, mezclando el terciopelo y entusiasmo de la uva Pinot Noir con los ajos cortados sutilmente con una cuchilla de afeitar. Fue una manera de unir unos lazos que andaban serpeando por el aire, de encontrar empeños de soledad entre desoladas madrugadas de vino y rosas. Emiliano era uno de los nuestros, no había duda. Él me enseñó a amar a John Ford, a no radicalizar mis opiniones sobre las secuelas o a relativizar mis excesos con el cine de John Huston. No puedo confesar que esto último esté sanado del todo, especialmente cuando aparece en pantalla la figura impasible de Humphrey Bogart. Siento pasión por Bogart, por el desprecio que encumbraba la ternura intimista de su mirada, por sus diálogos creados desde la ironía escondida en las redes de la altivez y, fundamentalmente, por su manera de tratar a las damas o a las femme fatale -que para el caso, en ocasiones, viene a ser lo mismo-. Es ingente, el más grande.

Queda casi todo dicho sobre la responsabilidad dada por il Capo, cuando me comentó que tenía que elegir una zona borgoñona capaz de asemejarse a su película elegida, esa dirigida por Huston y protagonizada por Bogart: El Halcón Maltés. Cuando me lo planteó, me dije: “la respuesta te la dará Rota y su costa”. Cosas surrealistas esas. Con esas -precisamente- partí hacía el pueblo de la Tintilla, donde por cierto, no debierais perderos la berza a la roteña del bar Costilla si visitáis la zona. Tampoco la barra de Casa Paco en Chipiona. Pero esa es otra historia, que diría el del bigote.

Yo pensaba y buscaba, leía entre burbujas y minerales, cataba e imaginaba el terruño que asemejara ese gesto y ese rostro. Porque la Borgoña puede ser el inicio o quizás el fin, puede ser cruel o acaso extremadamente sensible, y entremezcla desencantos con pasiones casi al mismo nivel, dependiendo de los ojos que la miren o los labios que la disfruten. Supongo que también eso ocurre en el mundo del cine, donde en la actualidad, son más difíciles de comprender esas películas en blanco negro que destacan por sus guiones trazados en conversaciones con un fondo sombrío de intriga y sombras, que esas películas estrenadas semanalmente en los cines: comedias (¿comedias?) románticas en las que los protagonistas se convierten en antagonistas del buen gusto. O burdas historias contadas en 3D con muchos ruidos y escaso interés, que podríamos asimilar a los nuevos tintos de autor (¿autor?) sobre extraídos donde predominan los populistas aromas de chocolates, vainillas y tostados de barrica nueva. Esos vinos con mucho maquillaje y perfume barato. Sospecho que, como ocurre con el cine en blanco y negro visto en versión original, son mucho más arduos entender los tintos de la Borgoña: Pinot Noir con poco color, aromas sutiles y austeros en el paladar, pero profundos en su alma, más auténticos, sin excesos e infinitamente más emocionantes y reflexivos. Bogart y los vinos de Borgoña se parecen mucho, ambos son imperecederos, siempre van a ser considerados mitos y su forma de percibirlos solo se puede llevar a cabo a través de la experiencia, buscando en lo más recóndito del espíritu. Y cuando llega, ya no quieres salir de esta espiral de plácido lirismo.

La Borgoña debe ser el objetivo idealizado, algo así como el oro que andaba buscando Bogart en aquella maravillosa película que Huston dirigió acerca de desconfianzas, recelos y un rastreo obsesivo por conseguir el tesoro de Sierra Madre. Esto es la Borgoña, el sugestivo lugar donde el sol broncea las hojas protectoras de los racimos más sensibles y cuidados que existen. Uvas de Pinot Noir y Chardonnay henchidas de tradición y respeto hacia una historia y unos orígenes de monjes eruditos y afanosos. Debemos hablar con extremada cautela cuando nombramos Borgoña, porque ella es la utopía que vamos rastreando, el horizonte ilimitado jamás olvidado donde instruirse y prosperar.

Entre atardeceres y pausas de coral, una idea se me vino a la cabeza: si Humphrey Bogart era un actor único e irrepetible, ¿por qué no omitir en esta ocasión la elección de una zona determinada, y en su lugar escoger vinos que, por algún u otro motivo, fueran especiales? Serían tintos y blancos que lograran marcar el carácter y la personalidad de ese pedazo de terreno donde estuvieran elaborados, algo así como la destacada identidad con la que dotaba Bogart a sus personajes. Un idilio que naciera desde la verdad interpretada por distintos elementos indiscutibles. Solo debían tener algo en común: que procedieran de la Côte d’Or, y que, por su especial particularidad, cariño y tutela, fueran apropiados para ser incluidos en la quinta selección Borgoña-Cine de la famiglia.

Etienne Sauzet Puligny-Montrachet 1er Cru Champ Canet 2005
Leflaive Puligny-Montrachet 2002
Rémi Jobard Mersault 1er Cru les Charmes 2002
Morey Coffinet Batard Montrachet Grand Cru 2002
Domaine d’Auvenay Auxey-Duresses Les Clous 1999
Patrick Javillier Meursault Les Clous 1996

Jadot Gevrey Chambertin 1er Cru Estournelles Saint Jacques 2005
G. et Y. Dofouleur Fixin 1er Cru Clos du Chapitre Monopole 2002
J.-F. Coche-Dury Monthelie Côte de Beaune 2000
Jean & Jean-Louis Trapet Gevrey Chambertin 1999
Méo-Camuzet Clos de Vougeot Grand Cru 1999
Joseph Voillot Volnay 1er Cru les Fremiets 1994

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→ No hay ComentariosEtiquetas: Cine · Selecciones paralelas de la famiglia (Vino y Cultura)

Humphrey Bogart: El rostro del cine negro (por Emiliano)

Emiliano· Madrid · 12-01-2012 · 21 Comentarios

Quinta selección famigliar Borgoña / Cine:

Bourgogne de Coeur / El halcón maltés

Wild is the wind (Nina Simone, 1957)

Como ya sabéis, hace algún tiempo recibí una llamada procedente de Ronda que me decía que en los próximos meses iba a tener que escribir unos cuantos artículos que tratasen de cualquier asunto que estuviese relacionado con el cine. Aunque esa era la única condición que me imponían, yo me impuse otra a mí mismo: escribiría solamente acerca de esas grandes películas que merece la pena guardar en la librería de casa para volverlas a ver de cuando en cuando. Esas grandes películas que a veces nos parecen tan vibrantes como una sinfonía de Beethoven, tan fascinantes como un cuadro de Velázquez o tan conmovedoras como un drama de Shakespeare. Películas que pudiesen ser para nosotros tan apetecibles como un potaje de habichuelas, tan embriagadoras como un vino de Borgoña o tan inolvidables como un atardecer en Sanlúcar de Barrameda.

Y una vez escogidas las películas que serían las protagonistas de los artículos, se trataría simplemente de tejer un breve relato en torno a ellas comentando algo sobre los directores que las habían realizado, sobre los actores que las habían protagonizado, o sobre esos formidables guiones escritos por unos tipos llenos de ideas geniales. Aquí cabría recordar alguna frase memorable, como la que pronunció Michael Corleone mientras besaba a su hermano en una fiesta de fin de año en un cabaret de La Habana después de comprender que le había traicionado: “I know it was you Fredo. You broke my heart”; o alguna escena tan emocionante como aquella en la que el señor Baxter miraba completamente entregado a la señorita Kubelik y le confesaba lo que ya todos sabíamos: que la adoraba absolutamente, mientras que ella le sonreía con tranquilidad y le respondía que se callara, por favor, y que repartiera las cartas. También me gustaría dar pistas para que pudiéramos tararear en silencio alguna de esas preciosas canciones que nos han enseñado a amar la música del cine tanto como amamos a las propias películas, o para que interpretemos, sin necesidad de levantarnos de la silla, coreografías tan irreales y mágicas como aquellas que han sido bailadas en la gran pantalla por Ginger y Fred, por Cyd y Fred, por Rita y Fred o por Judy y Fred. Siempre habrá hueco para hablar de morenas tan seductoras como Ava o como Liz, o de rubias tan fascinantes como Kim o como Lana. Aquí están invitadas Marilyn, intentando conquistar a un magnate del petróleo que en realidad es un pobre saxofonista; Audrey, paseando en Vespa con Gregory por los alrededores de la Vía Margutta; Gene, enamorando a un fantasma que es tan real como la misma muerte; o Natalie, agitándose desesperada y desnuda en una bañera ante la mirada vacía de su madre. Aquí tienen cabida James Stewart, William Holden, Burt Lancaster y Cary Grant; hay sitio para Henry Fonda, para John Wayne, para Gary Cooper y para Marlon Brando diciéndole a su hermano Charley que fue él, su propio hermano, quien le impidió aspirar al título de los pesos medios y a cambio le consiguió un billete de ida al país del fracaso. Como podéis ver cabe mucha gente en estos artículos. Pero desde un principio yo sabía que uno de ellos iba a estar protagonizado por Humphrey Bogart.

Y es que Bogart es un caso digno de estudio. No es un hombre del que se pueda decir que tuviera un rostro agraciado según los cánones convencionales de belleza, y desde luego no fue un actor que destacara por su versatilidad. Resulta difícil imaginar a Bogart interpretando un western o luciendo mallas verdes y haciendo de espadachín en alguna película de época. Menos aún lo podemos concebir vestido de pirata, de faraón egipcio o de centurión romano. Tampoco sabía bailar ni cantar, y no parece que la comedia haya sido su fuerte. Sin embargo los públicos de todas las épocas han quedado siempre seducidos por su personalidad, se han prendado de sus interpretaciones y le han admirado por encima de todos los demás actores hasta el punto de que más de cincuenta años después de su muerte el Instituto de Cine Americano lo ha considerado como la mayor leyenda de la historia del cine. Cuando vemos que las nuevas estrellas son actores de aspecto aniñado, como Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Tobey Maguire, Tom Cruise, Johnny Deep, Orlando Bloom o Brad Pitt, comprendemos que resultan difíciles de explicar las razones por las cuales todavía hoy permanece vigente la figura de Bogart. Podría ser tentador abrazar la idea de que la actual vulgaridad de las películas norteamericanas estuviera empujando a los espectadores hacía historias adultas como las que se hacían en aquellos años, pero eso no puede ser verdad. Si el público deseara en realidad otro tipo de películas, las demandaría y la industria cinematográfica tendría que realizarlas. En cambio, si repasamos la lista de las películas más taquilleras de la historia, nos encontramos con que las veinte primeras están dirigidas a un público juvenil. Son las sagas de “Harry Potter”, de “Piratas del Caribe”, de “El señor de los anillos”, de “Spiderman”, de “Shrek”, de “La guerra de las galaxias”… Esto es casi todo lo que se puede esperar del cine actual: repeticiones y más repeticiones de historias infantiles.

Bogart no tenía, en absoluto, un aspecto aniñado y como actor resultaría poco adecuado para participar en cualquiera de las miles de simplezas que actualmente se ruedan cada año. Entonces, ¿cuál es la causa por la que sus películas siguen fascinando a millones de personas de todo el mundo?, ¿por qué se siguen emitiendo año tras año en los canales de las televisiones y continúan reeditándose en DVD? Muchas son grandes películas, otras no tanto, pero en todas ellas resulta evidente que Bogart es una de las claves del éxito, cuando no “la” clave del éxito; que Bogart es el elemento original e incuestionable que es capaz de convertir una buena película en una película inolvidable.

Bogart tenía muchas cualidades, desde luego. Sabía ser sensible, pero en realidad era un tipo duro con el que no le gustaría a uno tener que enfrentarse; era un sujeto de una pieza, pero también era un cínico al que parecía que le había ocurrido de todo en la vida: desengaños amorosos, turbias historias de traiciones, participaciones en guerras extranjeras, lo que se llama un hombre con pasado, un hombre de vuelta de todo que había caído cien veces y las cien había sido capaz de levantarse; era un individuo atractivo que gustaba a las mujeres, un tipo seguro de sí mismo que sabía comportarse en cualquier situación; era inteligente y perspicaz, capaz de disparar frases ingeniosas con la rapidez de un rayo, frases como “Siempre nos quedará París”, “Si alguna vez pensara en ti, posiblemente te despreciaría”, “Tranquila, no abofeteo muy bien a estas horas de la tarde”, “Los alemanes vestían de gris y tú ibas de azul” o “Yo no me juego el cuello por nadie”, frases que son repetidas hasta la saciedad tanto por los buenos aficionados al cine como por aquellos que solo ven un par de películas al año. Bogart representaba a la perfección una serie de cualidades sencillas que a todos nos resultan fáciles de admirar: la fidelidad a sí mismo, la firmeza de sus principios, la hombría, la autenticidad, la negativa a dejarse intimidar. Todo esto es cierto, sin duda, y además Bogart tenía buenas cualidades dramáticas, pero en mi opinión lo que le distingue de todos los demás actores, su auténtica nota de distinción, es que se trata de un personaje único; Bogart no te recuerda a nadie y nadie te recuerda a Bogart. Algunos críticos o aficionados hablan de vez en cuando del nuevo Clark Gable o del nuevo Cary Grant, y cada dos o tres años alguien cree haber descubierto a la nueva Ava o a la nueva Marilyn, pero nadie se ha atrevido a hablar hasta ahora, ni creo que lo haga jamás, del nuevo Humphrey Bogart, porque si bien es cierto que todos los seres humanos son irrepetibles, algunos, como Bogart, son más irrepetibles que otros.

Decidir la película de Bogart que iba a protagonizar este artículo me ha costado un poco más de trabajo. Si me hubiera dejado llevar por mi primer impulso, la elegida habría sido “El sueño eterno” o quizás “Tener y no tener”, pero está todavía demasiado reciente el artículo que escribí sobre Howard Hawks y preferiría centrarme en alguna obra de otro director. No obstante, me gustaría detenerme solo un momento en la adaptación cinematográfica que Hawks realizó de la novela de Chandler para decir que aunque Philip Marlowe haya sido interpretado por muchos actores (algunos buenos, como James Garner o Robert Montgomery, y otros extraordinarios, como Robert Mitchum) ninguno de ellos se ha acercado ni medianamente a la fabulosa caracterización que hizo Bogart del personaje. En “El sueño eterno” Bogart pasa como una centella de ser un tipo divertido a parecer un charlatán grosero; de comportarse como un seductor irresistible a cortar la conversación con una frase tajante; de charlar como un hombre razonable a convertirse en un sujeto capaz de atemorizar a los delincuentes más curtidos. Aunque otros actores se pudieran ajustar mejor a la descripción que Chandler hizo de su detective privado, a nadie le cabe ya ninguna duda de que fue Bogart el actor que le puso rostro a Philip Marlowe, hasta el punto de que algunos pensamos que Chandler hubiera debido cambiar su novela para ajustar los rasgos de su héroe a los de Humphrey Bogart.

Una vez descartadas ese par de obras maestras de Hawks, quizás hubiera merecido la pena optar por la trágica historia de la condesa Torlato-Favrini, narrada por Mankiewicz a través de continuos flash-backs y de maravillosos diálogos en “La condesa descalza”, pero esta es más una película de Ava que de Bogart. “Casablanca” era una elección evidente, pero por un lado se trata de una cinta que conocemos todos demasiado bien, y, por otro, no creo que fuera yo capaz de decir nada sobre ella que no se haya repetido ya antes más de un millón de veces. “Callejón sin salida” no me parece que sea una película especialmente destacable en la filmografía de Bogart. “La senda tenebrosa” está bien, pero Humphrey se pasa más de media película con el rostro cubierto por vendas. “Llamad a cualquier puerta” me gusta, pero me resulta demasiado simplista, demasiado maniquea; además esa frase que sirvió de reclamo publicitario a la película: “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver” no me parece muy atractiva que digamos, quizás porque lo que yo deseo es vivir despacio, morir viejo, y dejar que el signore Bonasera se ocupe de mi cadáver. “En un lugar solitario” es magnífica en muchos aspectos (además de estar protagonizada por mi adorada Gloria Grahame) y en ella se dice una frase que aunque me resulta un poco altisonante creo que podría dar mucho juego: “Nací cuando ella me besó. Morí cuando me dejó. Viví unas semanas mientras me amó”, sin embargo no me atrevo a escribir sobre ella, pues hace bastantes años que no la veo y no la tengo lo suficientemente fresca en la memoria. Lo mismo me pasa con “El último refugio”, o con “El motín del Caine”. Está Billy Wilder, claro, pero escoger “Sabrina” como película representativa de Bogart no me parece una buena idea pues creo que Humphrey Bogart y Audrey Hepburn eran maravillosos por separado pero juntos no llegaron a formar una buena pareja, se les veía incómodos, sin congeniar, no había la menor chispa entre ellos. Tenía razón Wilder, Linus Larrabee debería haber sido interpretado por Cary Grant. Así que, descartada “Sabrina”, solo me quedaban como opciones “Más dura será la caída” o alguna de las películas que Bogart rodó con John Huston.

Más dura será la caída” fue la última actuación de Bogart, ya que al terminar el rodaje se le detectó un tumor en el esófago del que fallecería unos meses después. Es un film magnífico que denuncia con gran precisión la podredumbre que existe en el mundo del boxeo, tema este que ha sido bastante recurrente en el cine. Está basada en un guión de Budd Schulberg (autor también de “La ley del silencio”), guión que él mismo calificó como “una carta de amor envenenada al boxeo”. Si me preguntarais cuál es mi película favorita sobre el boxeo, empezaría dudando entre “Million Dollar Baby”, “Toro salvaje” o “Más dura será la caída” (y si consideráramos “Mi desconfiada esposa” como una película de boxeo, la incluiría también sin dudar en mi lista de favoritas), pero es posible que al final terminara eligiendo la película de Mark Robson, quizás porque retrata como pocas veces se ha visto en el mundo del cine la caída y la posterior recuperación de una persona, representada por un prestigioso periodista deportivo que se pone al servicio de un gangster, y que al final es capaz de recuperar su dignidad y su orgullo, y, de paso, el aprecio de un hombre grande al que había decepcionado y el cariño de su mujer. Además Robson hace algo que siempre ha sido muy complicado en el cine: rodar de forma competente un combate de boxeo, sirviendo esto que digo para ejemplificar la difícil relación entre el séptimo arte y el mundo del deporte. “Más dura será la caída” podría haber sido perfectamente la película elegida, pero hay que tener en cuenta que Bogart rodó solo una vez con Mark Robson y cinco o seis con Huston, por lo que resulta claro que este último gana por goleada. Así que, al final, no me va a quedar más remedio que perdonarle a Huston haber rodado aquella película en la que Sylvester Stallone hacía de portero de un equipo de fútbol, y quedarme para esta quinta selección de Borgoña y cine con su debut como director: “El halcón maltés”, que, casualidades de la vida, fue también la primera película de Bogart que yo vi en el cine hace ya muchos años. Dejadme que os cuente cómo fue aquello.

Ocurrió en un verano de mi juventud en el que me quedé en Madrid no porque yo hubiese suspendido ninguna asignatura, sino porque en Madrid iba a pasar el verano una chica con la que estaba iniciando una relación que prometía mucho. Se llamaba Pilar y todos la llamábamos Pili, había suspendido la reválida de sexto y estaba muy buena. No recuerdo la historia que les conté a mis padres para que me permitieran quedarme solo en Madrid durante todo un mes, pero debió de ser bastante convincente pues mientras que ellos liaban el petate y se marchaban de vacaciones, creo que a Mallorca, yo me quedaba en casa con la despensa llena de latas de fabada Litoral, de espárragos cojonudos y de atún en aceite, y con la nevera rebosante de yogures, de tabletas de chocolate y de botes de leche condensada. Por si eso fuera poco, a base de dar sablazos a mi abuela y a otros miembros de la familia conseguí recaudar tres mil pelas de las de entonces (todo en billetes marrones de veinte duros, de esos que llevaban impresa la cara de Becquer o la de Manuel de Falla), aunque con la promesa, eso sí, de que debería guardar la mitad del dinero y de que dispondría del total de la suma solo en el caso de que me ocurriera alguna urgencia o me viera en una situación de extrema necesidad.

Ese verano descubrí que mis padres y yo teníamos una idea diferente de lo que era una situación de extrema necesidad, pero eso es otra historia. El caso es que me gasté hasta el último duro de esas tres mil pesetas. Me las gasté principalmente en salir a comer por ahí. De vez en cuando una sopa de pollo con fideos en El Comunista, a veces una ración de morcillo en Casa Poli y, en ocasiones, un plato de salchichas rojas con patatas fritas y unas alitas de pollo en El Camorrillo. También solía acercarme a Casa Puebla, taberna situada en la calle Jorge Juan esquina Príncipe de Vergara, al lado de Galatea, donde la señora Luz preparaba lentejas con chorizo, chipirones en su tinta con arroz blanco y unas criadillas rebozadas que estaban riquísimas y que se servían acompañadas de una crujiente ensalada de lechuga y cebolla. La pizza y los rollitos de primavera todavía no se habían inventado. Tanto me gustaron entonces los guisos de Casa Puebla, que durante más de diez años habríamos de quedar para cenar allí todos los lunes un grupo de amigos amantes de los potajes de vigilia y de las tortillas de escabeche, y esa costumbre la mantuvimos viva hasta el infausto día en que nuestra taberna favorita se convirtió en un “100 Montaditos”, en un “Cañas y Tapas” o en alguna otra franquicia semejante.

Pero no me gasté las tres mil pesetas exclusivamente en comida. Ese verano tuve también la necesidad (no se si extrema, pero necesidad al fin y al cabo) de jugar algún pierde paga al billar en los salones recreativos que estaban detrás del cine Benlliure, de echar alguna timba de julepe con los amigos en un bar de la calle Lombía, y de ponerme morado de agua de cebada en el puesto de horchatas que desde hace más de sesenta años se monta todos las primaveras y se desmonta todos los otoños en la calle Narváez esquina Jorge Juan. Hace ya algún tiempo que no me paso por allí, pero en ese puesto hacían la que yo pensaba que era la horchata más rica de todo Madrid (allí, por cierto, sorprendí un día a los hermanos Almodóvar hablando de localizaciones para una película que iban a hacer en la capital y que trataría sobre los problemas de una mujer, profesional del doblaje, a la que la ruptura con su pareja sentimental estaba dejando al borde de un ataque de nervios, pero eso es otra historia.) A donde quería ir a parar es que, a pesar de tanto gasto, aún me sobró algo de dinero para gastarlo con Pili, invitándola a merendar tortitas con nata y sirope de caramelo en una cafetería de la calle Goya que tenía nombre de estado norteamericano, y llevándola luego al cine para ver una película de Humphrey Bogart que se titulaba algo relacionado con un halcón.

Fuimos al cine Dúplex, de la calle General Oraá, cine que luego sería sede durante unos meses de la Filmoteca Nacional, pero que entonces solo era uno más de las tantas salas de sesión continua que poblaban el barrio de Salamanca: el Alcántara, el Fantasio, el Jorge Juan, el Felipe II, el Universal y el Tívoli. También había cines con sesiones numeradas: el Salamanca, el Narváez, el Benlliure, el Vergara, el Richmond, el Mola, el Carlos III y el Peñalver, que era un cine de arte y ensayo, lo cual quería decir que allí se exhibían en versión original películas con bastante poco tirón comercial, por decirlo de algún modo: “Muerte en Venecia”, “El enigma de Gaspar Hauser”, “Las amargas lágrimas de Petra von Kant” y cosas por el estilo. En todos estos cines he pasado yo muchos momentos importantes de mi vida. Hoy solo quedan en píe, aunque con otros nombres, el Narváez y el Vergara, y da lo mismo ir a uno que a otro pues en los dos ponen siempre las mismas películas, esas películas infantiles y juveniles de las que hablábamos antes. El resto de los cines del barrio se han ido convirtiendo en restaurantes chinos, en discotecas, en supermercados Opencor o, simplemente, en solares tapiados por un muro de ladrillo que por la noche se pueblan de gatos. El barrio de Salamanca no es ya un barrio para cines igual que no es tampoco un barrio para jóvenes. Un día podremos trazar un mapa de todos esos lugares y de todos esos momentos que se han perdido en el tiempo del mismo modo que se perdían en la lluvia las lágrimas del replicante Roy Batty, pero hoy no, porque eso es otra historia.

La semana anterior habíamos ido a ver “Tarzán y su hijo” y “Danzad, danzad, malditos”. Era un buen programa doble, pero Pili no había nacido cinéfila y me costó convencerla para que volviéramos a pasar otra tarde en el cine. Tuve que insistir mucho, pero es que ponían “Matar a un ruiseñor” y “El halcón maltés”, casi nada. Aquel verano Carrero Blanco era presidente del Gobierno de España y todavía no le habían matado, Salvador Allende era presidente del Gobierno de Chile y tampoco le habían matado todavía, el Real Madrid acababa de fichar a Gunther Netzer y a Oscar Pinino Mas, y en los cines de sesión continua de mi barrio se podían ver programas dobles tan buenos como este.

Matar a un ruiseñor”, ya lo sabéis, es una maravillosa película de Robert Mulligan ambientada en un pueblecito del sur de los Estados Unidos, que cuenta la historia cotidiana de un abogado modesto, de un hombre decente, llamado Atticus Finch, el cual llegaría a convertirse en el mayor héroe americano de nuestro tiempo. Escribió Javier Marías que ningún libro, ninguna película ni ningún autor son imprescindibles por si solos, y que podemos asegurar sin miedo a equivocarnos que el mundo sería exactamente igual si no hubiesen existido Shakespeare, Dostoievsky, Thomas Mann, Alfred Hitchcock o John Ford. Supongo que es cierto, pero a mí me gusta pensar que a lo mejor yo no sería exactamente igual si aquel día no le hubiese escuchado decir a Atticus Finch que si uno es capaz de meterse en los zapatos de otra persona y caminar con ellos, es difícil que no llegue a comprenderla realmente. En mi opinión esta es una de esas frases que no solo te hace admirar a quien la dice, sino que te devuelve, aunque sea solo por un momento, la confianza en el ser humano.

Después de que se retirara Atticus Finch, y estando todavía un poco emocionado, vi aparecer en la pantalla a Sam Spade, otro tipo notable, capaz de provocar también mi admiración aunque poseyera una visión de las cosas muy diferente de la que tenía aquel ejemplar abogado de Alabama. Samuel Spade, según su creador Dashiell Hammett, tenía la barbilla huesuda, unas aletas de la nariz que retrocedían en curva para formar una uve pequeña y unos ojos horizontales de color gris amarillento. Sam Spade tenía el simpático aspecto de una especie de diablo. Se podría resumir diciendo que Sam Spade era un auténtico hijo de puta. “El halcón maltés” fue la primera película que rodó Huston, y se suele decir que constituyó la carta de presentación de lo que después se llamó “cine negro”, ya que fue aquí donde se definieron las claves que habrían de caracterizarlo en decenas de películas posteriores: una maravillosa fotografía en blanco y negro que retrata rincones oscuros donde brillan los ojos de alguna preciosa mujer o donde algún personaje recibe una brutal paliza o un par de tiros; vasos repletos de whisky y ceniceros rebosantes de colillas; tramas tan oscuras como la fotografía y que mejoran mucho si, como es el caso que nos ocupa, aportan elementos exóticos de barcos que atracan en el puerto de San Francisco procedentes de Estambul o de pájaros negros originarios de la isla de Malta; policías estúpidos que, sin enterarse de nada, solo entran en escena para incordiar, y a los que el detective privado suele manejar sin excesivos problemas; policías corruptos que se dejan sobornar y que a veces se convierten ellos mismos en criminales; mujeres fatales que llevan impresa en el rostro la palabra “peligro”, pero que, sin embargo, consiguen desarmar a los hombres con solo una sonrisa; y, por encima de todos, el personaje del detective privado, individualista, poco escrupuloso, carente de una moral convencional aunque dotado de un código ético que a veces nos resulta difícil de entender, pero que él sigue a rajatabla enviando si es preciso a la muerte a la mujer que ama. Estamos hablando de ese detective atractivo y marrullero que jamás ningún actor ha interpretado tan bien en el cine como Humphrey Bogart.

Resulta difícil definir el cine negro ya que no se trata de un género específico como puedan serlo el western, el melodrama, las películas históricas o la comedia musical. Muchas personas consideran cine negro a todas las películas de policías, de detectives privados o de gángsteres que se hayan rodado a lo largo de toda la historia del cine, sin embargo yo prefiero tener una visión algo más restrictiva. Para mí solo deben considerarse de cine negro aquellas películas que cumplan una serie de requisitos. Veamos cuáles. En primer lugar, aunque resulte una obviedad diré que tienen que ser películas de cine. Nada de lo que se ha hecho hasta ahora o se haga en el futuro para la televisión se puede considerar como cine negro. Además, las películas deben centrarse en una época y en un lugar determinado. La época abarca dos décadas: los años cuarenta y los años cincuenta. El lugar está claro: los Estados Unidos de América (en efecto, el cine negro es una bofetada en el rostro del sueño americano y solo allí puede desarrollarse). Las historias tienen que ser contemporáneas al tiempo en el que se están rodando; no puede haber una película de cine negro cuya trama se desarrolle en el pasado o el futuro y, por lo tanto, jamás podrían considerarse como ejemplos de cine negro ni “El nombre de la rosa” ni “Blade Runner”, por nombrar algunas. Naturalmente, es condición imprescindible que la película esté filmada en blanco y negro, y, aunque esto pueda ser más discutible, yo diría que deben tratarse también de historias urbanas; historias que transcurren en las calles, en los apartamentos, en los hoteles y en los despachos de las agencias de detectives de alguna gran ciudad como Nueva York, Los Ángeles, San Francisco o Chicago. Luego hay ciertas cuestiones que podríamos llamar de estilo: predominio de escenas nocturnas, sombras que ocultan parcialmente los rostros para darles un aspecto siniestro, humo de tabaco, primeros planos de hombres que en ocasiones son como fieras y que siempre cubren su cabeza con un sombrero, neumáticos que chirrían sobre el asfalto mojado, sirenas que resuenan como almas en el infierno, picados y contrapicados que ofrecen perspectivas inquietantes, uso de la voz en off ligada al flash-back como recurso habitual para contar la historia… Trucos de cine capaces de reflejar ambientes obsesivos que provoquen una sensación de perturbación en el espectador. Eso es el cine negro: cruel realismo mezclado con una atmósfera de pesadilla.

También existen obras atípicas de difícil catalogación. Podríamos citar por poner dos ejemplos “La noche del cazador” de Charles Laughton y “El tercer hombre” de Carol Reed. No faltarán aficionados que se escuden en la imprecisión de las fronteras del genero para poder así considerar a estas dos películas como obras maestras del cine negro, pero yo solo estoy de acuerdo a medias, es decir coincido en que son dos obras maestras, pero no creo, en cambio, que se traten de auténtico cine negro aunque sí tengan algunos de sus elementos, ya que la primera película transcurre en un marco rural y está más centrada en aspectos sociales y psicológicos que en los puramente policíacos, y la segunda tiene lugar en una Viena ocupada por los ejércitos aliados y con la posguerra como trasfondo. Algo parecido podría decirse de “Ciudadano Kane”, película inclasificable que podría pertenecer al cine negro por su estilo angustioso y opresivo, pero no por su trama.

El halcón maltés” sí es cine negro, sin lugar a dudas, pero antes de seguir adelante quisiera dejar claro que aunque me parece una muy buena película llena de hallazgos, yo no la considero una obra maestra. Paso a explicarme. En primer lugar, no tuve las mismas sensaciones viendo la película de Huston que leyendo la espléndida novela de Dashiell Hammett en la que se basa. Coincido en que esto no tiene que significar necesariamente un defecto, y en que son muchas las películas que se han apartado del espíritu original de la obra literaria que adaptan para dar lugar a una visión diferente (y en muchos casos mejor) de la historia que relatan. Pero en este caso me parece que la película sale perdiendo en su comparación con la novela. Aunque el film guarda gran fidelidad con el relato, reproduciendo en algún caso literalmente esos diálogos secos y cortantes tan característicos del autor de “Cosecha roja”, tengo la sensación de que no reproduce acertadamente el universo de Hammett, como si temiera profundizar en el carácter neurótico e inmoral de los personajes. Además hay otras cosas que podrían reprocharse a la dirección de Huston. Hay momentos en los que parece que se está desarrollando una comedia y Huston da muestras de carecer del sentido del humor necesario para sacarla adelante con acierto, algo que Howard Hawks sí que hubiera conseguido hacer de forma perfecta. Esto es algo que a mí me parece una característica habitual del cine de Huston: su poco sentido del humor (aunque hay alguna gloriosa excepción a lo que digo, como esa maravilla llamada “El hombre que pudo reinar”, una de las mejores películas de aventuras que yo haya podido ver en toda mi vida).

Hay que hablar también de Mary Astor, la actriz que interpreta el personaje de Brigid O’Shaugnessy, pero antes leamos juntos un breve fragmento de la novela, en el que Hammett nos introduce a esta mujer fatal. No hay que esperar mucho, es en la primera página del primer capítulo. La secretaria de Sam Spade entra en su despacho para anunciarle a su jefe que tiene una visita:

Ahí fuera hay una chica que te quiere ver.

¿Cliente?

Supongo. En cualquier caso, querrás verla. Es un bombón.

Adentro con ella, amor mío —dijo Spade—, ¡adentro!

Effie volvió a abrir la puerta y salió al primer despacho, conservando una mano sobre la bola de la puerta, en tanto que decía:

— ¿Quiere usted pasar?

Una voz dijo «gracias» tan quedamente que sólo una perfecta articulación hizo inteligible la palabra, y una mujer joven pasó por la puerta.

Avanzó despacio, como tanteando el piso, mirando a Spade con ojos del color del cobalto, a la vez tímidos y penetrantes.

Era alta, cimbreña, sin un solo ángulo. Se mantenía derecha y era alta de pecho. Iba vestida en dos tonos de azul, elegidos pensando en los ojos.

El pelo que asomaba por debajo del sombrero azul era de color rojo oscuro, y los carnosos labios, de un rojo más encendido. A través de su sonrisa brillaba la blancura de los dientes.

Lo habéis leído con atención, ¿verdad? La señorita O’Shaugnessy es una mujer joven que no tiene en su cuerpo ni un solo ángulo; La señorita O’Shaugnessy es de esa clase de mujeres que les dedican a los hombre miradas tímidas con sus penetrantes ojos cobalto y después les muestran la blancura de sus dientes a través de una sonrisa que aparece en medio de sus carnosos labios de color rojo encendido; la señorita O’Shaugnessy es un bombón. La señorita O’Shaugnessy tenía que haber sido Gloria Grahame o Gene Tierney. Si hubiese sido así, todos hubiésemos entendido (e incluso compartido) la pasión que siente Sam Spade por esa intrigante mujer. Dios me libre de querer ponerme quisquilloso, pero no está de más comentar que con una de esas actrices que digo la película habría adquirido un tono diferente y mejor; con cualquiera de ellas la decisión final del detective nos hubiese planteado a todos un dilema de dimensiones trágicas. Podría haber sido también Rita Hayworth o Verónica Lake, pero no Mary Astor. Mary Astor interpretó un par de años después el papel de madre de Judy Garland en la extraordinaria película de Minelli “Cita en San Luis”. Para ese papel si que resultaba adecuada, pero no para representar a una chica de veintidós años capaz de volver loco a un hombre con solo mostrarle la blancura de sus dientes a través de su sonrisa.

Y para terminar con las críticas, voy a decir algo que a lo mejor os sorprende: no me gusta la frase final de “El halcón maltés”. Sí que me gusta el discurso en el que Spade le explica a la chica sus principios morales y luego le dice que aunque le resultaría sencillo enamorarse de ella hasta la locura, va a entregarla a la policía: “Si eres buena, saldrás dentro de veinte años. Te estaré esperando. Y si te cuelgan, te recordaré siempre.” ¡Menuda frase para decírsela a una chica! Me gusta mucho también el momento en el que la señorita O’Shaugnessy entra en el ascensor, custodiada por los agentes, y la sombra de la puerta corredera parece dibujar sobre su rostro derrotado el efecto de los barrotes de una celda similar a aquella a la que sin duda se dirige. La escena es para enmarcar; es pura magia. Sam Spade entrega la figura del ave a la policía y queda exonerado de toda culpa; la señorita O’Shaugnessy ha sido detenida y, de pronto, parece como si todos los acontecimientos ocurridos hasta el momento en la película dejaran de tener sentido: la muerte de su socio, su historia de amor con una asesina, esa loca búsqueda del tesoro. Como la propia figura del halcón, todo se vuelve falso y absurdo en un momento prodigioso del cine. Pero lo que no me gusta es la frase final con la que termina la película. Esto es un problema mío, porque esa frase ha sido siempre considerada como uno de los finales más afortunados de la historia, comparable al “nadie es perfecto” de “Con faldas y a lo loco” o al “Louis, presiento que este es el comienzo de una gran amistad” de “Casablanca”. Os la recuerdo. El sargento de policía Tom Polhaus sostiene entre sus manos el negro halcón y pregunta: “¿de qué está hecho?” a lo que Spade responde tomando prestada una cita de Shakespeare: “del material con que se hacen los sueños”. ¿Qué queréis que os diga? Muy bonito y todo eso, pero esa frase tan grandilocuente, tan altisonante y tan melodramática en mi opinión no concuerda con la personalidad de ese detective duro, cínico, insensible y brutal. Yo pienso que un tipo como Sam Spade no diría nunca una cosa semejante. Podría haber permanecido callado, limitándose a esbozar una sonrisa; podría haber dicho que era de plomo, o que era algo de tanto valor que él mismo hubiera traicionado a su propia madre para conseguirlo; podría haber mandado al sargento a tomar por culo, qué se yo, pero no decir eso del material con que se hacen los sueños. Yo prefiero el final de la novela. Pasados los últimos acontecimientos, Sam Spade está sentado tranquilamente en su despacho cuando irrumpe su secretaría para anunciarle la visita de la viuda de Miles Archer, su socio asesinado, con la que Spade mantenía desde hacía tiempo una relación amorosa:

— Iva está ahí —dijo, en voz débil y sin expresión. Spade miró hacia la mesa y asintió con un movimiento de cabeza casi imperceptible,

—Sí, hazla pasar.

Pero ahora vamos a hablar un poco de las muchas cosas buenas que tiene esta película y que hacen que quizás en algunos momentos sí que pueda ser comparada con una sinfonía de Beethoven, con un cuadro de Velázquez, con un drama de Shakesperare, con un potaje de habichuelas, con un vino de Borgoña o con un atardecer en Sanlúcar de Barrameda. Empecemos por el reparto, pues, con la excepción de Mary Astor y por las razones ya explicadas, es una auténtica maravilla. Bogart obtuvo el papel de rebote ya que este fue rechazado por George Raft. Bogart le tendría que haber levantado un monumento a Raft, pues este rehusó también interpretar el personaje de Roy Earle en “El último refugio”, de Raoul Walsh, rodada el mismo año que “El halcón maltés”. Ambas películas dieron el espaldarazo definitivo a la carrera de Bogart, convirtiéndole en una estrella de Hollywood. También estaban por allí Peter Lorre y Sydney Greenstreet, antes de coincidir los tres en “Casablanca”; Ward Bond, uno de los actores favoritos de Ford, interpreta al sargento de policía Tom Polhaus; Elisha Cook, Jr. es Wilmer, el menudo criminal homosexual que acompaña al hombre gordo y que intenta intimidar a Sam Spade sin conseguirlo, pues parece no darse cuenta de que aunque él esté armado y el detective no, se trata de un rival contra el que no puede competir sin caer derrotado. Spade trata con respeto a todo el mundo, pero desprecia a Wilmer hasta el punto de arrebatarle las armas que lleva en el bolsillo del abrigo con el único objetivo de humillarlo delante de su jefe. Me gusta también el guión, que narra la historia desde el punto de vista del detective, el cual aparece en todas las escenas de la película con la excepción del asesinato de su socio. Spade son los ojos del espectador y nosotros no sabemos ni más ni menos que él. Me gusta mucho la historia y me gusta esa ambientación “negra” de la que ya hemos hablado y a la que muchos consideran como fundacional del género; pero sobre todo me gusta algo intangible y difícil de explicar, algo que considero que también es un sello característico del cine de Huston, quizás su mejor distintivo, y que es su amor por las causas perdidas, por los proyectos descabellados; su insistencia en dirigir los pasos de sus protagonistas hacía caminos plagados de obstáculos que se van presentando insistentes a medida que son eliminados los anteriores y que solo pueden conducir al fracaso de quienes los transitan. Quizás no sabría Huston dotar a su cine de sentido del humor, pero si supo explicar de forma magistral la fatalidad inevitable y absurda de las empresas que abordan sus personajes, quienes parecen acudir de forma impasible y serena hacia el abismo y, como el hombre gordo de “El halcón maltés”, se encogen de hombros cuando se encuentran de frente con él. Los héroes de Huston parecen decirse a sí mismos que si la certeza de la muerte no te impide desear vivir la vida apasionadamente, la previsible falta de éxito de una aventura disparatada tampoco te debe impedir querer emprenderla; están tan acostumbrados a la decepción que siempre parecen contar con ella como única salida posible. Rose y Charlie conocen los riesgos de su aventura imposible en “La Reina de África”; el fracaso será el destino que les espera a los buscadores de oro de “El tesoro de Sierra Madre”; de loca puede calificarse la lealtad con la que los tripulantes del barco ballenero sacrifican su vida siguiendo al capitán Ahab en su desesperada persecución de la ballena blanca; loco es también el propósito de esa pareja de camaradas, antiguos miembros del ejercito británico, que sueñan con encontrar la fortuna y la gloria, y que en su camino llegaron a ser reyes de Kafiristán; la cárcel o la muerte esperan a los participantes del atraco a una joyería en esa obra maestra del cine negro (ahora sí, las dos cosas) que es “La jungla de asfalto”. Todos ellos tan perdedores y tan insensatos como ese grupo de maleantes que han decidido dedicar su vida a la búsqueda de la estatua de un halcón plagado de oro y piedras preciosas con el que los Caballeros de la Orden de Malta pagaron su tributo al rey Carlos I hace casi quinientos años. Todos derrotados al fin y al cabo, porque en realidad no existe una manera de ganar, solo existe una manera de perder más despacio.

Cuando terminó la película, yo acababa de descubrir a Bogart y ya me había rendido a su presencia magnética. De acuerdo en que no era un hombre que tuviese un rostro muy agraciado; de acuerdo en que no tuvo mucha química con Audrey; de acuerdo en que no era un actor que destacara por su versatilidad, y que jamás se nos hubiera ocurrido vestirle con mallas verdes o con faldas de romano; y, ya puestos, de acuerdo también en que a lo largo de su carrera ha mezclado interpretaciones asombrosas con otras que son simplemente pasables. Pero siempre ha sido un actor que poseía la cualidad de convertirse en el corazón de la historia, en el punto donde confluyen todos sus vértices, de modo que no resulta extraño que casi todas las películas interpretadas por él hayan pasado a convertirse inmediatamente para los espectadores de todo el mundo en “una película de Bogart”. Como dijo John Huston en su funeral “Bogart estaba dotado del mayor don que puede tener un hombre: el talento” y añadió: “no tenemos motivos para compadecernos de él, sino para compadecernos de nosotros mismos por haberlo perdido.

Salimos a la calle donde nos esperaba la vida real, las salchichas rojas del Camorrillo, el agua de cebada, la partida de julepe y esas cosas de las que hablaba antes. En la puerta del cine le pregunté a Pili si se lo había pasado bien y me contestó que no, que no le gustaban las películas en blanco en negro y que Bogart era muy feo. Aunque la vida sea más importante que el cine, ya entonces empezaba a estar claro que mi relación con Pili no llegaría muy lejos, ni siquiera al otoño, mientras que mi pasión por Bogart permanecería viva hasta el día de hoy, casi cuarenta años después. Y es que creo que me quedé antes un poco corto cuando dije que Bogart era el rostro de Philip Marlowe. En realidad Bogart fue el rostro del cine negro.

Epílogo, posdata o colofón

Aunque pensaba dar aquí el artículo por terminado, creo que vosotros estaréis esperando al menos una breve reseña de los vinos de Borgoña que van a acompañar a nuestra película. Pero tengo que excusarme porque esta vez no va a ser así. He intentado, ya en varias ocasiones, verter en una misma copa la cara de Bogart y un poco de vino para probar la mezcla con la imaginación y ver qué salía de todo aquello. Como lo cierto es que no se me ha ocurrido absolutamente nada, creo que lo mejor es que esta vez sea el propio Weirdo quien tome la palabra y nos cuente cosas acerca de los vinos que él considera adecuados para ser compartidos con Bogart, con Huston, con Hammett, con el hombre gordo y con el halcón maltés. Le pido, eso sí, que se trate de vinos que, al igual que nuestro héroe, sean únicos, originales, carismáticos e irrepetibles. Creo que lo tiene difícil. Normalmente nos gusta beber una copa mientras disfrutamos de la película, y así vamos mezclando cine y vino para formar un combinado perfecto, pero esta vez yo creo que es mejor que esperemos a leer las palabras “The End” en la pantalla antes de abrir nuestras botellas. Quizás sea porque las andanzas de Spade se siguen mejor con un vaso de whisky con hielo en la mano, o porque Bogart fuma demasiado y tanto humo puede perjudicar el maravilloso momento de acercar la copa de vino a la nariz para percibir sus aromas. Sea lo que fuere, le paso a Fernando el testigo y con él la responsabilidad de describir los vinos elegidos. De paso, pongo ya definitivamente el letrero de “Fin” a nuestro artículo con una frase del actor neoyorquino que creo que viene un poco a cuento. Una vez dijo Bogart: “the problem with the world is that everyone is a few drinks behind“, lo que viene a querer decir algo así como que el mayor problema del mundo es que todos vamos por la vida con un par de tragos de retraso. Tranquilo, Bogie, no nos regañes más. Enseguida nos ponemos al día.

O, dicho de otro modo, dejémonos ya de historias y tomemos una copa.

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